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La odisea de Hannah
La odisea de Hannah
Por Robert Kiener

A los 12 años empezó a fallarle el transplante de corazón, y debía someterse a una operación escalofriante.

Con las luces encendidas y emitiendo destellos azules, una ambulancia corre a más de 160 kilómetros por hora por una autopista. Dentro, Paul y Elizabeth Clark, y su hija Hannah, gravemente enferma, e ignorante del drama que protagoniza, van de Gales a la unidad de cardiología del Hospital Harefield, al oeste de Londres. Hace escasas dos horas Paul recibió un llamado en su celular: había un donador compatible, una esperanza de vida para Hannah, de dos años.

Acunando en sus brazos a su hijita rubia de cuatro meses, Elizabeth Clark le dijo al médico que la niña dormía muy poco y gritaba o lloraba casi todo el tiempo.
—No se preocupe —respondió el médico—. Es porque le están saliendo los dientes.

En otra consulta el médico le diagnosticó a Hannah una leve infección de las vías respiratorias. Sin embargo, los gritos continuaban. Otro médico la examinó y le aseguró a la madre que no era “nada serio”. Recetó un jarabe vitamínico. Tanto Elizabeth como Paul, un camionero que se había criado cerca de las minas de carbón del sur de Gales, estaban seguros de que Hannah tenía algo grave.

Un fin de semana, después de un espantoso ataque de tos que por poco la asfixia, Paul y Elizabeth la llevaron rápidamente a la sala de guardia del Hospital Príncipe Carlos, en la población galesa de Merthyr Tydfil. Una radiografía de tórax reveló que Hannah padecía miocardiopatía dilatada, una enfermedad en la que el corazón se agranda, crece hasta adquirir un tamaño anormal y se debilita.

Los cardiólogos del Hospital Harefield advirtieron a los Clark que, en el mejor de los casos, Hannah viviría un año más, y la anotaron en la lista de espera para trasplante de corazón.

Aturdidos, Paul y Elizabeth volvieron con Hannah a su modesta casa en la población minera galesa de Mountain Ash, donde vivían con su hija mayor, Aimee. Un radiolocalizador que Paul llevaba en el cinturón avisaría a la familia si se encontraba un corazón.

Menos de seis meses después se encontró uno. En el norte de Inglaterra había muerto una nena, y sus padres accedieron a donar su corazón para salvarle la vida a otro niño.
Después del vertiginoso viaje en ambulancia al Hospital Harefield, Paul y Elizabeth aguardaron en una sala de espera mientras el especialista en trasplantes cardíacos Magdi Yacoub operaba a Hannah. De vez en cuando una enfermera los ponía al tanto: “Hannah está bien”. “Todo marcha sobre ruedas”. Al cabo de cinco horas Yacoub entró en la sala, aún con su traje quirúrgico y la mascarilla verde al cuello. El médico, nacido en Egipto, les anunció a Paul y Elizabeth:
—Decidimos dejar el corazón de Hannah en su lugar, junto al donado.

Explicó que había implantado el nuevo corazón en el lado derecho del pecho, unido al corazón enfermo. En la insólita operación, llamada trasplante heterotópico, fusionó las aortas de ambos órganos para unificar el suministro de sangre al cuerpo, y conectó el corazón donado a los pulmones de Hannah. Aunque el corazón original seguiría bombeando parte de la sangre, el trasplantado asumiría la mayor parte de la función.
—Así el corazón enfermo tendrá la posibilidad de curarse —agregó Yacoub.
Hannah seguía inconsciente, conectada a una red de cables, sondas y tubos. Contemplándola, Elizabeth le dijo a Paul con los ojos arrasados:
—¡Mira qué tibia, qué rosada está!

Al crecer Hannah quedó claro que, como sus recios antepasados mineros, era una luchadora capaz de vencer casi cualquier obstáculo. Los inmunosupresores que tomaba para evitar el rechazo del trasplante mermaban sus defensas contra las infecciones. Con los años venció una septicemia, una pulmonía y un colapso pulmonar.

Un día, en la clase semanal de educación física de la escuela primaria, se pidió a los alumnos que treparan por una cuerda hasta el techo del gimnasio. Hannah, debilitada por los potentes fármacos, no pudo subir ni un metro. A sus siete años, con 1,22 metro de estatura y 35 kilos de peso, intentó llegar más alto, pero cayó desfallecida en la colchoneta del suelo.


La noticia era terrible: "La operación entraña un grave riesgo para su hija"


A la semana siguiente hizo otro intento y volvió a caerse, con los brazos doloridos. Cada semana, a la hora de trepar, se esforzaba al máximo y ganaba un palmo de altura.
Un día, al terminar las clases, le habló a su madre de la cuerda.
—Lo intenté y no pude —y, tras una pausa, agregó—: Pero voy a lograrlo.
Cumplió su palabra. Al terminar la primaria ya alcanzaba el extremo superior de la cuerda de seis metros.

Aun así, el destino le deparaba otro golpe a Hannah: contrajo la enfermedad linfoproliferativa postrasplante (ELPT), una rara forma de cáncer que ataca sangre, ganglios linfáticos y sistema inmunitario, quizás a causa de los inmunosupresores. Volvió a ingresar en Harefield, donde había recibido el trasplante, esta vez para someterse a una drástica quimioterapia.

Terminado el tratamiento, Elizabeth se puso a cepillarle el pelo a Hannah en su cuarto en compañía de Aimee. Al pasar suavemente el cepillo por la cabellera de la niña, que le llegaba a la cintura, se le desprendieron gruesos mechones. Aimee tuvo que contener el llanto. Hannah, en cambio, preguntó divertida si era su pelo.

Le dieron una peluca, que llevó unos cuantos días a la escuela y luego cambió por una gorra. Cuando uno de sus compañeros se la sacó y la llamó “Cabeza de Cáncer”, Hannah repuso apodándolo “Medias Desparejas”.
—¡Mírate —añadió riendo entre ovaciones de sus compañeros—: traes una media negra y la otra verde!

La valentía de Hannah infundía esperanza y ánimos a Paul y Elizabeth, pero su enemigo era implacable. Al cumplir 11 años ya había combatido tres veces la ELPT. En cada ocasión la quimioterapia, combinada con los inmunosupresores, dejaba su frágil organismo hecho un trapo. En el verano de 2005 los médicos advirtieron que debía evitarse una nueva recaída porque no la resistiría.

Un lluvioso día de noviembre de 2005, Paul, Elizabeth y Hannah fueron en auto a Cardiff a consultar al cardiólogo. Mientras la lluvia repiqueteaba en el auto, hablaron sobre los regalos de Navidad que querían sus hermanos: Aimee, de 14 años, y Daniel, de ocho.
—Mamá —dijo Hannah—, a mí me gustaría que esta Navidad fuera muy especial, ¡por favor!

En la sala de examen del doctor Obed Onuzo, en el Hospital Universitario, Hannah se desvistió y subió a la mesa.
—Vas a sentir un poco de frío —le advirtió el cardiólogo, le aplicó un gel en el pecho y le pegó unos electrodos.

Los cables iban a un ecocardiógrafo que mostraba al médico un corte transversal del corazón (en el caso de Hannah, los corazones) en el que se observaba su capacidad de bombeo y el estado de válvulas y cámaras.
—Hay un problema —dijo Onuzo, preocupado, a Paul y Elizabeth.

A los dos días los Clark escuchaban el dictamen en el Hospital Infantil Great Ormond Street, en Londres. La noticia era terrible: el corazón trasplantado se había deteriorado seriamente. Aun si el corazón de Hannah, ahora más fuerte, podía volver a funcionar por sí solo, extirpar el donado era una intervención sin precedente. Un médico les dijo con delicadeza:
—La operación pondría en peligro la vida de su hija.

Paul se levantó y salió de la sala. Andando por los pasillos del hospital, se prometió: No voy a perder a mi hija. Luego abrazó a Elizabeth y le dijo:
—Sé que el doctor Yacoub puede operarla. Él es nuestra única esperanza.
Yacoub ya se había jubilado del Servicio Nacional de Salud británico, pero los médicos seguían consultándolo.

El cardiocirujano Victor Tsang lo llamó por teléfono para explicarle que debían extirparle a Hannah el corazón donado y suspenderle los inmunosupresores. Yacoub guardó un breve silencio y después dijo:
—Está bien, Victor, y me gustaría colaborar contigo en la operación.

Una vez retirado el trasplante y suspendidos los inmunosupresores, sería mucho menos probable una recaída en la ELPT. Aun así, el riesgo era grande: sería la primera operación de su tipo en el Reino Unido y quizás en el mundo. Aun si se lograba separar el corazón donado sin lesionar mortalmente el de Hannah, su organismo, estragado por años de quimioterapia, inmunosupresión e infecciones graves, podía sucumbir al traumatismo quirúrgico. Paul y Elizabeth dejaron la decisión en manos de su hija.

En un viaje de compras navideñas a un centro comercial de Cardiff, Paul, Elizabeth, Aimee y Daniel sonrieron al ver a Hannah saltar entre el gentío.
—Paul, mira a Hannah —exclamó Elizabeth—. ¡Está cantando!
Riendo y saltando, la niña de 12 años canturreó: “La otra Navidad me diste tu corazón, pero al día siguiente me lo quitaste”. Luego explicó:
—Es una canción de George Michael, pero ahora es mía porque es lo que me va a pasar.
Hannah había expresado su decisión.

En el Hospital Infantil Great Ormond Street, Paul y Hannah recorren de la mano el largo y luminoso pasillo que lleva a la sala de preparación. Son poco más de las 11 de la mañana del 20 de febrero de 2006, y la operación comenzará dentro de media hora. Al entrar en la sala, Hannah ve a un anestesista con ropa quirúrgica verde y a las enfermeras que la esperan. La realidad de lo que está a punto de ocurrir la paraliza, y su valor desaparece.
—¡Papá, quiero irme a casa! —suplica, apretando la mano de su padre.
Reprimiendo las lágrimas, Paul se agacha y le dice con suavidad mientras le seca los ojos llorosos con la manga de su camisa:
—Mi cielo, tomaste la decisión correcta, pero no te voy a obligar: si no quieres, nos vamos a casa.


El valor de Hannah se esfuma de pronto. "Papá —suplica—, quiero irme a casa"


Tras un momento, Hannah sigue adelante. Cuando la acuestan en una camilla cubierta por una sábana blanca, Paul se queda a su lado. El anestesista va a cubrirle la cara con una mascarilla, pero ella, en un ataque de pánico, la obstruye con la mano y tiende un brazo hacia Paul.
—No tengas miedo —le dice él.
El anestesista señala su reloj, y Paul le pide que le permita ponerle la mascarilla a su hija: la acuna con un brazo y le lleva el artefacto despacio al rostro.
—¿Estás lista?
—Sí, papá.

El anestesista lo releva y Hannah se sume en la inconsciencia. Cuando se la llevan, el miedo invade a Elizabeth.
—¿Qué vamos a hacer si no la volvemos a ver? ¡Si se muere, yo me muero!
Paul le pasa un brazo por los hombros y suben la escalera a una sala de espera para empezar su larga vigilia.

En el quirófano, siete personas, entre cirujanos y ayudantes, se apiñan en torno al menudo cuerpo de Hannah. No hay más ruido que el del respirador que le insufla aire en los pulmones. Una serie de pantallas vigilan sus signos vitales. Poco a poco le bajan la temperatura a 30° C.

Yacoub, con ropa quirúrgica verde y anteojos de triple aumento con luz, está a un lado de Hannah. Del otro, Victor Tsang abre la piel del pecho con un bisturí: de la incisión de 23 centímetros manan gotas de sangre que ruedan hasta las sábanas verdes. Luego corta el esternón con una sierra eléctrica, se insertan retractores y se abre con cuidado el pecho.

Yacoub observa el interior. Ha realizado más de 2.500 trasplantes de corazón, pero jamás ha visto nada como lo que tiene ante sí. Ambos corazones se han fusionado en una masa azul rojiza. Tendrá que poner en juego toda su habilidad y experiencia para identificar y separar las capas de tejido fusionado. Un movimiento en falso podría debilitar mortalmente el corazón original.
—¿Cómo sabe dónde cortar? —pregunta un ayudante.
Yacoub está demasiado absorto para responder.
—Despacio —musita para sí mientras busca formaciones tisulares y límites cardíacos conocidos.

En la sala de espera, Paul y Elizabeth terminan la segunda taza de café. Compraron un osito de felpa para Hannah en el negocio de regalos del hospital. Para aliviar la tensión, se ponen a pensar en el nombre que van a ponerle.
—Tenemos la Y de Yacoub y la O de Onuzo —dice Elizabeth.
Deciden ponerle Bonsey y sentarlo en la cama de su hija en la sala de recuperación, para que sea lo primero que vea al despertar. Elizabeth toma una pluma para escribir el nombre en la etiqueta de identificación del oso, pero el temblor de la mano se lo impide.

Operando uno a cada lado del pecho de Hannah, Yacoub y Tsang siguen retirando el corazón donado por capas. A causa del rechazo, su tamaño se ha reducido a la mitad. Capa tras capa, los cirujanos van recortando el órgano como escultores que labraran piedra. Poco a poco va quedando a la vista el corazón de Hannah. No hay señales de la miocardiopatía que hace 10 años lo hizo fallar. El corazón donado le permitió sanarse al ocuparse de la mayor parte de la función cardíaca. Tras obrar su milagro, ahora yace inerte en un cuenco de acero inoxidable. Si el corazón de la niña no puede asumir toda la función, su vida habrá terminado.

Antes de apagar la bomba sanguínea y hacer volver a latir el corazón, los cirujanos deben cerrar la abertura de la aorta y reconectar el corazón de Hannah con los pulmones. Trabajando en perfecta sincronía, suturan la aorta y pinzan, cortan y cosen las arterias y venas coronarias.

Satisfechos, se disponen a retirar las pinzas para dejar que la sangre vuelva a llenar el corazón de Hannah.

En ocasiones, un corazón detenido vuelve a latir espontáneamente al fluir la sangre, y aunque la mayoría de las veces necesita la descarga eléctrica de un desfibrilador, hay casos en que esto tampoco da resultado.

En la sala de espera, un sexto sentido le dice a Elizabeth que Hannah ha llegado a un momento decisivo.
—No puedo esperar más; voy a ver qué pasa —le dice a Paul.

En el quirófano, Yacoub inserta en el ventrículo derecho del corazón el electrodo de un desfibrilador. Una descarga eléctrica de 100 voltios sacude el órgano, del tamaño de un puño, y éste se contrae. El monitor cardíaco emite un pitido.

Elizabeth ya salió de la sala de espera y baja la escalera que lleva al piso del quirófano. Mira abajo y se detiene. Un hombre con ropa quirúrgica sube hacia ella. Es Victor Tsang.
—Hannah está bien —dice con una ancha sonrisa—. Su corazón funciona.
El monitor de Hannah va emitiendo triunfales pitidos mientras la llevan a la sala de recuperación y a su encuentro con Bonsey.

Han pasado seis días y dan de alta a Hannah. En su cuarto hojea el diario en el que ha vertido sus confidencias durante el último año, y empieza a arrancar hojas. Una dice: “Ojalá viva para mi siguiente cumpleaños”. Otra: “No quiero morir y no volver a ver a mamá, papá, Aimee y Daniel”.
—¿Por qué tiras esas hojas? —le pregunta Elizabeth.
—No las necesito. No voy a ninguna parte —responde, y en su rostro se dibuja una sonrisa radiante.


Según su madre, Hannah “se ha estirado casi 13 centímetros”. Los efectos secundarios de los inmunosupresores han desaparecido, y no ha sufrido recaídas en la ELPT.

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  • MaRi09 Enviar mensaje privado

    Jujuy

    11/03/2010 14:03

    Muy Buen Articulo !

  • martu110 Enviar mensaje privado

    La Pampa

    07/02/2010 10:05

    Muy conmovedora..!!

  • wuili Enviar mensaje privado

    Jujuy

    05/02/2010 19:29

    muy buena nota

  • roxane Enviar mensaje privado

    Buenos Aires

    31/01/2010 22:38

    que dolor me causo leer,esta nota,tengo amigas que han perdido sus hijos,muertos por malvivientes,y no se van a recuperar jamas,gracias a Dios esta chiquita si lo logro

  • Cari_BB Enviar mensaje privado

    Jujuy

    20/01/2010 13:24

    Excelente Articulo !!
    Muy muy Bueno ! !
    me conmovio!

  • yasmil Enviar mensaje privado

    Santa Fe

    19/01/2010 13:59

    Totalmente conmovedor. Para los padres, no hay pero cosa que ver sufrir y morir a un hijo. Es muy humano todo esto.

  • strelmar Enviar mensaje privado

    Jujuy

    01/01/2010 01:48

    Maravillosa nota, estos actos son un ejemplo de vida!!!

  • LAURA1210 Enviar mensaje privado

    Santa Fe

    31/12/2009 23:52

    Cuánta tristeza me dio leer ésto, ni imaginar estar en lugar de la familia.....!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
    Dejando de lado el relato en sí, y leyendo friamente este caso, porqué la gente no dona órganos para salvar las miles de personas que están en listas de espera?
    Es uno de los actos más humanitarios que podrían hacer.

  • Fenix7E Enviar mensaje privado

    Córdoba

    30/12/2009 19:24

    —No las necesito. No voy a ninguna parte...
    ¡Qué palabras! Los padres nunca están preparados para enterrar a sus hijos, y ¡Nunca debieran de hacerlo! Doy gracias a Dios por mi vida, la de mis padres y la de Hannah y su gran deseo de vivir.

  • prisila Enviar mensaje privado

    Buenos Aires

    29/12/2009 22:54

    conmovedor!!!!

  • sathya Enviar mensaje privado

    Buenos Aires

    28/12/2009 17:01

    conmovedora nota la de la niña enferma

  • wuili Enviar mensaje privado

    Jujuy

    20/12/2009 14:18

    que hermosa nota

  • Juaca Enviar mensaje privado

    Córdoba

    17/12/2009 20:02

    muy buena nota

  • andy1966 Enviar mensaje privado

    Buenos Aires

    17/12/2009 15:20

    Q tristeza me da que niños indefensos tengan que atravesar por tanto sufrimiento!!!!! Gracias a Dios se recuperó

  • Nessa Enviar mensaje privado

    Entre Ríos

    12/12/2009 16:51

    hermosa ntoa..muy tierna

  • Kampy Enviar mensaje privado

    Corrientes

    06/12/2009 22:21

    Historia ecepcional.

  • pepiro Enviar mensaje privado

    Buenos Aires

    30/11/2009 15:38

    En estos días últimos de noviembre 2009. Estuvimos creo que una gran mayoría de argentinos.Mirando y rezando por una joven a quien se le debía practicar otro trasplante.Hoy 30 de noviembre ya realizado esta joven esta bien .Gracias a:DIOS, los médicos y aquellos familiares que superado su dolor tuvieron la grandeza de donarlos.FELICITACIONES

  • alejandraamad Enviar mensaje privado

    Santa Fe

    30/11/2009 09:32

    me hizo llorar... que historia, a los papas ... que dificil señor!

  • nonita1948 Enviar mensaje privado

    Buenos Aires

    20/11/2009 10:58

    muy buena nota

  • gracimer Enviar mensaje privado

    Chubut

    01/11/2009 00:33

    Preciosa nota!

  • lucascuen Enviar mensaje privado

    Córdoba

    04/10/2009 14:26

    ...

  • MaRi09 Enviar mensaje privado

    Jujuy

    28/09/2009 00:41

    Que linda historia, que ejemplo de niña.

  • castor177 Enviar mensaje privado

    San Juan

    24/09/2009 17:02

    Esta nena tenía muchas ganas de vivir, en realidad tenía toda una vida por vivir y, creo yo, eso la ayudó a superar este momento.
    Excelente nota.

  • Blanca Enviar mensaje privado

    Jujuy

    28/08/2009 13:01

    Una nota maravillosa¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡

  • yannina Enviar mensaje privado

    Buenos Aires

    17/08/2009 01:53

    excelente la nota

  • negralinda Enviar mensaje privado

    Chubut

    04/08/2009 11:34

    MUY BUENA LA NOTA, LAS GANAS DE VIVIR DE ESTA NENA CREO YO QUE TAMBIEN AYUDAN A QUE TODO SALGA BIEN, Y POR SUPUESTO QUE DIOS ESTA AHI CON ELLOS!!!!

  • Meli221 Enviar mensaje privado

    Córdoba

    07/07/2009 13:02

    MUY BUENA LA NOTA!!!

  • danipelo20 Enviar mensaje privado

    Buenos Aires

    22/06/2009 14:37

    Que historia de vida para una personita tan chiquita, estás son las historias que a uno lo conmueve viendola desde afuera y deseando a Dios que nunca nos toque vivir aunqye acompaño plenamente a los padres.

  • melinaas Enviar mensaje privado

    Santa Fe

    12/11/2008 21:54

    Este tipo de notas me conmueven profundamente porque admiro la fuerza y valentia de los niños ante situaciones tan extremas. Tambien hay que agradecer el trabajo de los medicos que muchas veces no es reconocido como corresponde.

  • Albano28 Enviar mensaje privado

    Córdoba

    11/11/2008 06:55

    Los padres desean ser enterrados por sus hijos, dice la frase. Aquí se define la angustia que sentían los padres de Hannah al ver a su hijita enferma y ellos sin poder hacer nada. Pero la fuerza de los niños, las ganas de vivir que ellos tienen, hizo que Hannah superara su enfermedad (deberían ser el ejemplo para los mayores, ya que cuando vamos creciendo, los problemas económicos, sociales, etc. nos envuelven y todo parece el fin del mundo). Hannah quería vivir y Dios le concedió la gracia, ya que su operación fue excelente.

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