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Postales del Editor de Selecciones
Postales del Editor de Selecciones
Por R. Daniel Weigandt - Editor de la Revista Selecciones --- Foto: Dreamstime

Compartí con él tus experiencias con personajes de tu ciudad, libros y librerías.

 

Además de la veredas, Buenos Aires tiene ese qué se yo en sus librerías. Refugio en donde velan la noche los incorregibles que esconden su vida detrás de un libro y coto de caza de espíritus inquietos que sueñan los mundos soñados por otros. En un tiempo yo también solía meterme por los pasillos librescos, confundido por los carteles de tres por diez pesos y las ofertas de liquidación. Y en ese territorio deambulaba sin sostén mayor que el de pasar la tarde, como quien espera una brisa fresca en plena siesta de enero. Después la ciudad hizo lo suyo y tiñó todo de prisas y de corridas, de reuniones a última hora, y de para qué.

De vez en cuando es bueno recorrer nuevamente Corrientes, desde Callao hasta Talcahuano, o la más castiza Av. de Mayo, entre Perú y Tacuarí, y llenarse los pulmones de olor a papel a medio amarillear. De pronto, caminar en círculos lentos y mirar absorto los anaqueles vencidos por revistas de destape, condenadas más a un destino de museo que al bronce de la hemeroteca. En ese planeta, se descubren -en extraña mezcla- historia y ciencia, política y traición, costumbres y futuro, personajes y fotos difícilmente expuestos a la consideración pública en otros reductos. Como si fuese poco, cada cual puede inventar su propia conquista y desembarcar en playas desoladas, en las que muy pocos concurren por la insolencia de los tópicos: ornitología aficionada, origen de las instituciones hispánicas coloniales o práctica y teoría de manejo del computador personal AT.

Sólo basta con hacer memoria y seguramente recordar alguna librería que nos haya marcado la vida, o una parte de ella. Algún lugar en donde íbamos de pequeños a canjear unas revistas viejas, o de estudiantes a sonrojarnos con los primeros desnudos. Librerías de barrio en las que nos conocían por el nombre y en las que jugábamos a ser, por un rato nomás, Jim Hawkins o Mazinger.

La bendición de Internet trajo en definitiva una herramienta más para la búsqueda de estos santuarios perdidos, un poco a lo Indiana Jones y otro poco a lo oráculo de Delfos. Y como quien mira de soslayo, uno empieza a hurgar en sitios ajenos que al cabo los convierte en propios: librerías de referencia, librerías de rarezas e incunables, librerías de tesoros desenterrados a la espera de un Capitán Sparrow. Y es así que aparecen ante nuestros ojos lugares extraordinariamente fantásticos en Mar del Plata, en Rosario, en Tucumán, en Mendoza. Librerías que nada tienen que envidiarle a la más afamada.
La selección de sus contenidos es vasta en títulos y en temas; sus botines van desde libros de viajeros supuestamente agotados hasta primeras ediciones de tratados incontrastables; desde el mundo de la cultura chamánica hasta los O.V.N.I. del Apocalipsis.

Invito a todos ustedes a que me cuenten sus experiencias en sus propias ciudades, en sus pueblos, en la mínima aldea que posea la más diminuta de las librerías. Cuéntenme sus historias, sorpréndanme con sus anécdotas, minimicen mi relato con la potencia de sus vivencias y hagámosle un homenaje a los libros. En su silencio de páginas, todo tributo –verán- será bienvenido. De paso, le rendimos honores a esos personajes entrañables, mitad bibliófilos consumados y mitad boticarios de las letras, que son los libreros.

Anímense.


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  • jurong Enviar mensaje privado

    Capital Federal

    25/11/2008 00:27

    Mi experiencia se remonta a un libro gastado y viejo que encontré por casualidad en una caja perdida en el ropero de mis padres, al que le faltaban varias hojas, entre ellas el final.
    Descubrí como con éste libro mi padre conquistó a mi madre y dediqué largos y exhaustivos años de mi vida a buscarlo por cuánta librería existiera, aunque ninguna supo darme razones de dicho libro ni de su autor, hasta que al fin de 15 años sin sospecharlo siquiera lo encontré, el libro de mis sueños al alcance de mis manos, lo abracé con tal cuidado porque temía dañarlo, a cinco segundos de agarrarlo y del vendedor de la librería virtual, tantos años de búsqueda causaron una dicha indescriptible. El libro en cuestión? "Cartas de amor", del ya desaparecido Marcelo Peyret, una gran y bella historia de amor contada en cartas de los amantes y recopiladas por Marcelo Peyret.
    Por qué en tantos años nunca pude encontrarlo? Esa es la historia jamás contada de un escritor menospreciado al cual la aristocracia de la época (1920) degradó y prohibió por contar los secretos de una sociedad enferma..
    En fín, esa es mi historia, con un final feliz, al menos para mí..

  • Arosena Enviar mensaje privado

    San Luis

    17/11/2008 12:41

    A mi me gusta mucho leer y debe ser hereditario ya que a mi viejo le encanto siempre y a alguno de mis hermanos tambien, cuando era chica no habia bibliotecas o librerias para poder acceder a libros, asi que me leia las revistas que mi viejo compraba, el Tony, intervalo, Dartagñan, y otras, desues cuando empece a trabajar y podia comprar, compraba libritos de corin tellado, y en la secundaria lei algunos libros que nos pedian y uno que me gusto mucho era mi planta de naranja lima. Hoy en dia estoy haciendo una capacitacion en un Programa nacinal que es Primeros Años, donde trabajo con chicos de 0 a 4 años y mamas embarazadas y implemntamos la lectura desde el embarazo y tratamos que le lean a los chicos ya que se esta perdiendo este habito tan lindo. me gustan los libros y no me es facil adquirirlos, sueño con tener una mini biblioteca para mi, y disfrutar de ellos.

  • mikeliusdelanus Enviar mensaje privado

    Capital Federal

    04/10/2008 07:38

    Mi anécdota tiene que ver con un pedazo de mi vida. Mi padre trabajo 27 años en la Librería El Ateneo.
    Yo amaba ir a la librería de papá a pasar las tardes. La rutina era recorrer los anaqueles buscando lomos atrayentes. Los tomaba, y me sentaba a leerlos en las escaleritas que usaban los vendedores para alcanzar los libros de los estantes altos. Así, fui llenando mi biblioteca primero con Un capitán de quince años o Tarzán, después con Fahrenheit 451 o Todos los fuegos el fuego.
    Jubilado mi padre, no perdí la costumbre de visitar El Ateneo para buscar alguna novedad o para saludar a los amigos que papá dejó allí. Lo mágico era llegar y percibir el olor característico a papel, tinta, muebles y pisos de roble. Aroma de recuerdos.
    Por unos años estuve trabajando en Bahía Blanca y a mi regreso volví a Florida 340. El tiempo y el neoliberalismo antepusieron Yenny al histórico nombre. Ingresé al local, y pasó algo terrible. Si Daniel, sabes qué el olor a El Ateneo se había ido y con él también aquellos viejos amigos de padre.

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